¿Estamos comiéndonos nuestro estrés?

Dra. Francesca Golfín Steinvorth – Nutricionista
¿Estamos comiéndonos nuestro estrés?

Nutricionista y educadora certificada en estrés. 

 

¿Estamos comiéndonos nuestro estrés? 

¿Buscando un chocolate o pensando en una pizza cuando se siente estresado?  

 

Lo vemos en nuestros pacientes, lo vivimos nosotros mismos y también lo respalda la ciencia (Yau & Potenza, 2013, Hanawi, et al., 2020). ¿Cómo hacemos para controlarlo y no dejar que nos domine? Es más, ¿Quién no se siente estresado en pleno siglo XXI con una pandemia? ¿Es esto bueno o malo? 

“Estoy estresado” se ha vuelto de las frases más comunes en nuestras conversaciones del día a día, dándonos una sensación de “éxito”, porque “significa que estamos muy ocupados”, pero al mismo tiempo de desesperanza, porque “así es la vida y no podemos controlarlo”. Pero ¿Qué es estrés? La variedad de definiciones abunda pero de acuerdo con Hans Selye, considerado el padre del estrés, “estrés es la respuesta no específica del cuerpo a cualquier demanda que sobre él se ejerce” (Barrio, García, Ruíz & Arce, 2006), ya sea una demanda real o percibida (Xenaki et al., 2018). 

La respuesta al estrés son un conjunto de respuestas adaptativas perfectamente coordinadas que nos han permitido sobrevivir por muchos años pero que no se han adaptado a la misma velocidad que hemos evolucionado (Yau & Potenza, 2013). Esto ha ocasionado que la reacción de nuestro sistema a la persecución de un león sea similar a la reacción de una lista de pendientes que parece interminable. En realidad, el estrés no es malo, todo lo contrario, es necesario y nos intenta ayudar, enviándonos información valiosa para que nos adaptemos en un ambiente que está en constante cambio (Xenaki et al., 2018). El tema está en cómo cada persona lidia y se relaciona con el estrés. 

En cuanto a la alimentación, en situaciones de estrés agudo el hipotálamo promueve la movilización de energía y redirección del flujo sanguíneo a órganos prioritarios para la supervivencia, como músculos, cerebro y corazón, a la vez que se suprimen actividades no esenciales como digestión e ingesta de alimentos (Xenaki et al., 2018, Yau & Potenza, 2013). Sin embargo, estados de estrés crónicos se han asociado con una desregulación del eje hipotalámico-pituitario-adrenal, lo que puede promover el consumo de alimentos y favorecer el almacenamiento de grasa abdominal (Shen, Long, Shih, & Ludy, 2020, Xenaki et al., 2018), estrategia útil para reponer tanta energía invertida en el intento de “sobrevivir” al estresor. Además, la evidencia sugiere que por lo general siempre va a haber una preferencia por alimentos con mayor palatabilidad como los que son altos en grasa y azúcar, debido a la búsqueda innata de placer (Yau & Potenza, 2013). De hecho, se ha identificado una asociación positiva entre el estrés y el consumo de estos alimentos, y una asociación negativa con el consumo de frutas y vegetales (Shen, Long, Shih, & Ludy, 2020). 

Paremos un momento a reflexionar en el inmenso impacto que tiene esta información para nosotros y nuestros pacientes. ¿Cuántas veces hemos tachado a alguien de “falta de voluntad o compromiso con su salud” por estar recurriendo a alimentos en momentos de estrés? ¿Cuántas veces le hemos dicho al paciente que deje de comer alimentos altos en grasa y azúcar cuando está estresado, posiblemente haciendo del evento estresante aún peor?  

Y si hablamos del otro lado de la moneda, vivimos en un mundo en que el físico de las personas muchas veces pareciera importar más que sus propios valores. No es casualidad que encontremos una gran cantidad de personas que tienen una relación compleja con la comida. Temor a comer ciertos alimentos, estrés por compartir alimentos con otras personas y/o culpa por haberse comido una rebanada de queque. ¿Se ha convertido comer en un estrés? 

En definitiva, recurrir a la comida como método para lidiar con el estrés es comprensible, tiene sentido e inclusive es hasta normal. De hecho, poner a una persona a eliminar o restringir alimentos que está utilizando para lidiar con un periodo de estrés puede ser de las estrategias más contraproducentes que podemos sugerir. Esto no sólo le quita su (posiblemente) única estrategia para “sobrevivir” esa situación, sino que además puede empeorar su relación con esos alimentos y causar más estrés.  

Tal vez en este momento se esté preguntando, “¿Entonces le digo que se coma todo el queque de chocolate?” No, definitivamente esa no es la idea y tampoco es la estrategia que más vaya a servirle a la persona. Ningún extremo es útil. La invitación más bien es a traer un poco más de compasión y entendimiento a por qué recurrimos a la comida. Bajo esa línea podemos educar a la persona del por qué está experimentando esto, la forma en que prohibirse comer algo que realmente quiere en el momento puede ser contraproducente y enseñarle cómo traer más presencia y conexión al momento de comer eso que decida comer. Conectar con la comida, estar presente, sin distracciones y escuchando las señales de saciedad de nuestro cuerpo son herramientas esenciales para que no sólo recibamos placer de eso que estamos comiendo (necesario para nuestro cerebro en estados de estrés crónico), pero también para que podamos autorregularnos y así no sentir un descontrol con la comida. En definitiva, la educación desde la compasión y promoviendo la autonomía son clave esencial de este proceso.  

Gran parte del tiempo la comida no es el problema ni la causa de que nuestros niveles de estrés estén elevados, por lo que resulta más útil enfocarnos en la verdadera causa de estrés en vez de provocar una nueva. Como profesionales de la salud queremos mejorar la calidad de vida de las personas a través de hábitos saludables, pero debemos de cuestionarnos si esos “hábitos saludables” que muchas veces promovemos más bien están siendo una fuente de estrés para nuestros pacientes. La evidencia lo dice, la calidad de vida y hábitos saludables de las personas incrementan cuando los niveles de estrés son menores (Xenaki et al., 2018, Hanawi et al., 2020). 

 

Bibliografía: 

Barrio, J.A.; García, M.R.; Ruiz, I.; Arce, A. 2006. El estrés como respuesta. International Journal of Developmental and Educational Psychology, 1(1), 37-48. Recuperado de https://www.redalyc.org/pdf/3498/349832311003.pdf 

Hanawi, S. A., Saat, N. Z. M., Zulkafly, M., Hazlenah, H., Taibukahn, N. H., Yoganathan.  D., Abdul Rahim, N. N., Mohd Bashid, N. A. A., Abdul Aziz, F. A., Low, F. J. International Journal of Pharmaceutical Research and Allied Sciences, 9(2), 1-7.  

Shen, W., Long, L.M., Shih, C.H., & Ludy, M.J. 2020. A Humanities-Based Explanation for the Effects of Emotional Eating and Perceived Stress on Food Choice Motives during the COVID-19 Pandemic. Nutrients, 12, 2712. 

Xenaki, N., Bacopoulou, F., Kokkinos, A., Nicolaides, N.C., Chrousos, G.P., & Darviri, C. 2018. Impact of a stress management program on weight loss, mental health and lifestyle in adults with obesity: a randomized controlled trial. J Mol Biochem, 7(2), 78-84.  

Yau, Y.H., & Potenza, M.N. 2013. Stress and Eating Behaviors. Minerva Endocrinol38(3): 255–267. Recuperado de https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4214609/pdf/nihms-630893.pdf